viernes, 1 de julio de 2011

Mi texto para Proyecto RED en su super número aniversario: "¡Proletarios del Arte, uníos!


¿Qué tienen en común una fábrica de productos utilitarios y el mundo del arte, con su mochila llenita de simbología y creatividad?

Una larga tradición de aspiraciones y preceptos trató siempre de establecer puntos de contacto entre el fenómeno industrial y las manifestaciones artísticas: desde las ingenuas intenciones del Art Nouveau hasta el Arte Pop, pasando por las pinturas de Léger o el Povera, o revisando una larga lista de industriales que oficiaron de mecenas, los intentos de interpenetrar la frialdad de la producción seriada con la supuesta espiritualidad del Arte fueron muchos. Desde distintos intereses, formas y perspectivas, claro, aunque aún así podemos hablar de un romance, una fuerza subterránea que conectó lo uno con lo otro.

Hoy día, el panorama local nos presenta más frutos de éste cruce; por ejemplo, el que hace que sea tan legítimo un arte realizado por asistentes a sueldo en una dinámica casi fabril, como uno conformado por objetos de fabricación masiva que terminan siendo parte material y conceptual de obras netamente enclavadas en lo que es “arte”. La imagen del artista un poco loco y poniendo toda la aplicación artesanal a su obra, puede llegar a ser una imagen anacrónica. O al menos no la única imagen posible de lo que un artista “debe” ser.

¿Era éste el romance ideal con el arte, que la sociedad de producción y consumo tenía planeado hace cien años? Seguro que no. Pero en lo inesperado está el gusto, dicen.

Sin embargo, aquí no termina la cosa. Existen otros ejemplos de este fenómeno de mestizaje, y muchos linkeados directamente con los avatares económicos y con la acelerada dinámica propia de nuestro molde cultural occidental; allí cuando la crisis económica encuentra oportunidad de resignificarse.

Es así que hoy día, algunas fábricas porteñas fuera de funcionamiento, albergan artistas y talleres, curadores y muestras, residencias y obra artística, trocando así su funcionalidad sólo en un aspecto: hoy en ellas se “fabrica” sentido. El fenómeno abarca tanto las artes visuales como la música, el diseño de indumentaria, el diseño gráfico y muchas otras áreas de la creación.

Oxygena, la ex fábrica de tubos de oxígeno de la familia Rozenblum, tiene, en sus cinco plantas y tantísimos metros cuadrados del porteño barrio de Once, mucho que aportar a este ejemplo. Desde hace pocos años, apoyada en la Fundación Rozenblum, alberga talleres de artistas; lleva a cabo Estudio Abierto, evento en el que el espacio se abre al público para que este se asome a las producciones de sentido; es sede de las Residencias Urra, pensadas para promover el intercambio internacional y la reflexión sobre el campo artístico contemporáneo y, por segunda vez consecutiva este año, hospedó el proyecto Street Arte BA, donde un cuantioso grupo de los llamados artistas callejeros, tanto argentinos y latinoamericanos como europeos, fueron convocados para intervenir el edificio, realizar trabajos en vivo y compartir una propuesta basada en lo comunitario.

Para el visitante, representa una experiencia increíble entrar a un evento en este espacio y ver tanta cantidad de obras: desde las decidoras instalaciones del grupo Provisorio Permanente hasta las fotos glittered de Mortarotti, pasando por los estimulantes trabajos de Nicanor Aráoz o el caballo móvil de Lamanna, entre tantos otros. La cosa es subir y subir escaleras para ir encontrándose en cada planta (enormes, por cierto) con trabajos, personas y todo el perfumillo que rodea el mundo del arte. Para la fiesta ofrecida en la semana de ARTEBA 2011, se servían champán y vino blanco, mientras se podía recorrer esa especie de mega instalación per se que representa la ex Oxygena y todo lo que hoy contiene.

Como diría la ya legendaria Marta: Arte, arte, arte…

Un caso análogo lo representa el proyecto llamado La Fábrica, liderado por Juan Tobal. Valiéndose también de una fábrica familiar en desuso, ubicada en pleno San Telmo y dentro de un interesante circuito de galerías de arte contemporáneo, este veinteañero promueve allí las prácticas artísticas de todo tipo: salas de ensayo para músicos y bandas, talleres de diseño de indumentaria con feria de usados incluida, talleres de pintura y de artes visuales. La última experiencia como espacio expositivo –utilizando el antiguo show room de la fábrica- estuvo dada por Bestial, video instalación sonora que nucleaba los trabajos de Federico Lamas, Mónica Heller y Pablo De Caro. La instalación de Lamas, Sandra, narraba una trágica escena final de corte Sci-Fi, desencadenada por una robot nihilista y violenta: la caja de cartón que la había contenido, escombros, desorden, un cadáver semi oculto entre las cajas y una acertada proyección de video sobre el techo, en el cual un agujero nos mostraba el cielo plagado de autos en llamas, bombas y todo un clima amenazador acentuado por una música oscura, digna de Blade Runner.

La Fábrica es un lugar estimulante, y se respiran creatividad y libertad no estudiadas en todos los rincones. Sin saber bien por qué, uno le cree.

Los espacios no expositivos están cargados de información visual: colores, roturas, muñecos reensamblados, zapatos, botellas, ropa, y, de pronto, los azulejos empelucados de Ramiro Oller. El total funcionando como un todo. Como conjunto de obra.

Una especie de gran ready made, representando la esencia vital y colorida del arte y su entorno.

Su permanente expresión hasta en lo casual.

Porque el discurso y la imagen que nos definen, su sentido, también se fabrican.


Fotos por MARIANO SOTO

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